Los años de relativa paz que siguieron a la caída de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría llegan a su fin. Aunque se han producido múltiples conflictos desde la década de 1990, como los que tuvieron lugar en Afganistán, Iraq o los Balcanes, ninguno de ellos había puesto seriamente en peligro el nuevo orden internacional liderado por Estados Unidos. Esta dinámica ha cambiado al surgir potencias que no están dispuestas a aceptar su estatus en esta configuración del escenario global. Algunas están llevando a cabo ambiciosos planes de rearme y ya se atreven a desafiar a la superpotencia norteamericana, como es el caso de Rusia o China.
Esto, inevitablemente, ha conducido a un incremento de la tensión internacional, lo que, a su vez, ha provocado un notable aumento del gasto en defensa a nivel mundial. En este contexto, los países europeos parten desde una mala posición tras décadas de desarme que han llevado a sus ejércitos a un estado muy precario y con un reducido nivel de capacidades.