Donald Trump aspira a controlar Groenlandia como parte de su estrategia hemisférica, mientras la Unión Europea no sabe cómo reaccionar ante Estados Unidos. Fuente: Depositphotos La fractura interna de la Unión Europea en torno a cómo responder a Estados Unidos resulta, si cabe, más reveladora que la propia presión externa. Por un lado, buena parte de las élites europeas parecen decididas a no incomodar a Donald Trump, evitando cualquier posicionamiento que pueda interpretarse como confrontacional.
Por otro, crece el malestar frente a esta actitud de deferencia, cada vez más percibida como una forma de vasallaje político. Este rechazo atraviesa el eje izquierda- derecha y se extiende más allá de los círculos institucionales, alcanzando a una parte creciente de la opinión pública.
En el núcleo de este malestar se encuentra una contradicción estructural. La Unión Europea aspira a presentarse como defensora del derecho internacional, de la soberanía y de un orden basado en normas, pero aplica estos principios de forma selectiva y profundamente inconsistente.
Para ampliar El Ártico en la mira de Estados Unidos: Groenlandia, Canadá y la nueva competición global → La indignación a la carta y los dobles estándares minan su credibilidad. Cuando determinadas violaciones de la soberanía se condenan con firmeza mientras otras se ignoran o se justifican, Europa debilita sus propios argumentos
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