En Europa se invoca periódicamente la idea de una autonomía estratégica frente a Estados Unidos, pero la realidad es que no quiere abandonar su posición de vasallo. Fuente: La Casa Blanca. La relación entre Europa y Estados Unidos suele presentarse como el pilar más estable del orden occidental, un vínculo cimentado en valores compartidos, cooperación económica y un compromiso mutuo con la seguridad del continente.
Sin embargo, bajo esa narrativa celebratoria, se esconde una realidad mucho más compleja: desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y especialmente tras el colapso de la Unión Soviética, el vínculo transatlántico ha estado marcado por una profunda asimetría que ha otorgado a Washington un papel dominante en la definición del horizonte estratégico europeo.
Lejos de ser un mero garante altruista de la seguridad continental, Estados Unidos ha utilizado su presencia en Europa como un multiplicador de poder que le permite proyectar influencia global a un coste reducido, moldear las decisiones económicas y geopolíticas de sus aliados e impedir la emergencia de una arquitectura europea capaz de actuar con autonomía.
Mientras tanto, Europa ha construido sobre esa tutela un modelo político que, en lugar de reducir su dependencia, la ha intensificado. Carece de capacidades
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