Emmanuel Macron, presidente de Francia, participa en el Cuarteto de Normandía en diciembre de 2019. Fuente: Kremlin.ru - bajo CC BY 4.0 La sala 75 del Louvre está presidido por La Consagración de Napoleón Bonaparte, un cuadro de Jacques-Louis David que se erige como un símbolo eterno de poder y ambición desmedida. Este lienzo monumental, que captura la cúspide de la gloria napoleónica, resuena a través de los siglos en la historia de Francia. Pero la tradición gala no se terminó con el corso, pues es en este mismo país donde otra figura ha ascendido al poder bajo una estela de éxito y promesas de renovación: Emmanuel Macron.
Como Napoleón en su apogeo, Macron fue investido ante la nación, rodeado de triunfos y apoyos, como una efigie casi mesiánica. Sin embargo, la historia es implacable, y las vicisitudes del poder no distinguen entre emperadores y presidentes. Ambos líderes, pese a sus sueños de inmortalidad política, han enfrentado la cruda realidad que les recuerda que, al fin y al cabo, solo son humanos.
La Consagración de un nuevo líder
El exbanquero reconvertido en ministro de Economía allá en 2014 rompía dos años más tarde con la guardia de “Dijon” del Partido
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