La liberación de las reservas estratégicas de petróleo o gas no resolverá la cada vez más grave crisis energética del golfo Pérsico provocada por la guerra de Irán. Fuente: Depositphoto Frente a unos Estados Unidos e Israel que parecen no tener claros sus objetivos en Irán, Teherán ha ejecutado de forma prácticamente inmediata su plan de defensa: provocar una crisis energética en el golfo Pérsico para convulsionar los mercados globales.
Tan solo cuatro días después del inicio de la guerra, la República Islámica dirigió ataques contra infraestructura energética crítica de dos países clave del golfo Pérsico: contra una refinería de Arabia Saudí y contra el mayor centro de exportación de gas natural licuado (GNL) del mundo, en Catar.
Su estrategia prosiguió atacando otras instalaciones energéticas de la región –como campos de gas en Israel, campos petrolíferos en el Kurdistán iraquí o centros de almacenamiento de petróleo en Emiratos Árabes Unidos– y, especialmente, con el cierre de facto del estrecho de Ormuz, por donde transita alrededor del 20% del petróleo mundial y otro 20% del GNL que consume el planeta.
La reacción se ha sentido de manera inmediata en todo el mundo: en Europa, el barril de petróleo Brent experimentó
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