Joe Biden se reune con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu en Tel Aviv. A pesar de la solidez del vínculo entre Israel y Estados Unidos, el cual trasciende todo elemento partidista y toda coyuntura internacional, Washington no desea de ningún modo que las políticas de su aliado sobre territorios palestinos, la potencial limpieza étnica y la respuesta de las facciones armadas palestinas y del Eje de la Resistencia escalen hasta el escenario de la guerra regional. Por supuesto, en caso de que ello suceda, es previsible que Estados Unidos sostendrá su apoyo a Israel –moderando, en la medida de lo posible, su propia intervención sobre el terreno–.
De hecho, en la coyuntura actual, Estados Unidos se halla profundizando su apoyo a Israel. Recientemente, el Pentágono confirmó la puesta en alerta de 2.000 soldados con motivo de la “cambiante situación de seguridad en Oriente Medio”, al tiempo que se prolonga la estadía del portaviones USS Gerald Ford. El 21 de octubre, el secretario de Defensa Lloyd Austin anunció el envío de otro portaviones –el USS Dwight D. Eisenhower– y el despliegue de una batería THAAD y de un mayor número de batallones Patriot. Con todo, esta no es la agenda
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