La guerra abierta entre Irán, Estados Unidos e Israel ha entrado en una nueva fase marcada por dos elementos clave: la resiliencia del sistema político iraní y la utilización del mercado energético global como herramienta estratégica de presión.
Tras los primeros ataques de la coalición israelí-estadounidense –que incluyeron el asesinato del Líder Supremo Alí Jamenei–, Washington y Tel Aviv esperaban provocar una desorganización profunda del Estado iraní y forzar una rendición rápida.
Sin embargo, los acontecimientos han seguido un camino muy distinto. El aparato político y militar de la República Islámica ha logrado reorganizarse, mantener cierta capacidad ofensiva y trasladar el conflicto al terreno económico global.
La resiliencia del sistema iraní
Una de las premisas más repetidas en algunos círculos occidentales era que la eliminación del Líder Supremo provocaría el colapso del sistema político iraní. La realidad ha demostrado lo contrario.
Tras el asesinato de Alí Jamenei, el aparato institucional de la República Islámica activó los mecanismos previstos en la Constitución para garantizar la continuidad del Estado. Se formó un consejo provisional encargado de gestionar el país mientras la Asamblea de Expertos iniciaba el proceso de selección del nuevo Líder Supremo.
El resultado fue la elección de Mojtaba Jamenei
Este contenido es para suscriptores
Suscríbete para seguir leyendo y sostener el periodismo independiente.
Ver planes Ya estoy suscrito