Haití atraviesa una profunda crisis política, económica, social y humanitaria. Fuente: Alex Proimos En el momento actual, da la sensación de que hablar de Haití implica hablar de crisis e inestabilidad, entre otros motivos porque el conocimiento general de la sociedad occidental sobre la coyuntura interna de este país es bastante limitado. No es casualidad el escaso espacio dedicado en medios de comunicación generalistas y de largo alcance al estudio del contexto político haitiano, que desde la perspectiva propia parece excesivamente alejado de nuestras preocupaciones, así como de aquello que consideramos urgente. Ello se debe a una suerte de “geografía de la seguridad”, que anima a trazar una frontera imaginaria entre lo que nos preocupa como colectivo, porque lo consideramos como concerniente a nuestra propia realidad, y por consiguiente a nuestra zona de seguridad, y lo que queda fuera de dicha frontera.
Independientemente de que los dramas que se desarrollan más allá de esa ficticia línea de demarcación sean de dimensiones sin precedentes, nuestra percepción sobre su afectación a nuestra vida cotidiana, de manera inmediata, es mucho menor. De resultas de ello, la preocupación occidental por esos mismos escenarios se reduce también de forma exponencial.
Este circunloquio de introducción sirve
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