Tropas estadounidenses en Bagdad, en noviembre de 2003, tras la invasión de Irak. Fuente: United States Air Force Desde el final de la Guerra Fría en la década de 1990, Estados Unidos trató de consolidar su hegemonía sobre Oriente Medio mediante nuevos medios, más directos, que le permitiesen perpetuar su influencia. Tratando de transformar el tejido social que ha definido a la región buscaban solventar los problemas de dependencia que hasta entonces había tenido la Pax Americana. No obstante, al contrario de lo esperado, la iniciativa de Washington terminó por estancar y desgastar las fuerzas estadounidenses del momento unipolar, creando en el proceso una mayor resistencia a su presencia en Oriente Medio.
Guerra por la hegemonía
Durante la década de los noventa Estados Unidos centro sus esfuerzos como hegemón mundial en Europa, donde el derrumbe de la Unión Soviética abría oportunidades sin precedentes. Sin embargo, el debate que ya asomaba entre algunos círculos era cómo sostener esa hegemonía en el largo plazo y cómo enfrentar dos desafíos bastante ciertos en el futuro: la reemergencia de una Rusia revanchista y la aparición de China como potencia mundial en el sistema internacional. Esto llevó a que ciertos sectores considerasen que ahora que
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